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  • Pedro Nieto

Mi Perfil Ético

Autor: Pedro Nieto

Estudiante de Grado en Derecho IOMG


Tanto la justicia como la verdad y la imparcialidad, que fueron las palabras que escogí para el boceto de mi perfil ético, ocupan un lugar fundamental en la historia de la humanidad y en el curso actual de los hechos. Dado que el enfoque del presente trabajo me tiene como eje central, ambos conceptos partirán de la influencia que tienen en mí y el porqué de su inclusión en mi lista de valores morales.

La justicia, en primer lugar, es aquello que procura el bienestar social. En lo justo reina la necesidad de que un grupo de personas puedan realizar acciones sin entorpecer la de los otros, o privar alguna decisión o facultad al prójimo como, por ejemplo, los medios que llevan a cabo para su proyecto de vida. Siguiendo con este hilo, el fin —el proyecto de vida del individuo— debe también tener medios justos para la consecución de su objetivo. Si eso se transgrede, habría un régimen desigual e injusto donde unos tendrían más ventajas que otros, no por los frutos de su esfuerzo, sino por tretas y mecanismos discriminatorios que crearían una brecha entre las personas. Queda claro que la justicia siempre tiene la mira puesta en lo social y colectivo. No puede ser individual porque chocarían las distintas percepciones que habitan en una democracia, y resultaría imposible armonizarlas en un mismo sistema que regule a todos; pero sí pueden haber sujetos que rechacen la justicia que impera en una sociedad y proponer una alternativa conforme a sus prismas, y así pasar a un nuevo sistema «más justo», de acuerdo con lo discutido. No hay una justicia universal, sino que se moldea según las demandas y la idiosincrasia del territorio, dígase de su moral, cultura, historia, ideología, etcétera.

En este sentido, la ley aparece como la herramienta que constitucionaliza esta idea. Hay diversas perspectivas para entender la relación entre la ley y la justicia: Sócrates, por ejemplo, apostaba por la sinonimia de ambos términos, es decir, que la justicia es la ley y la ley es la justicia, por lo que una «ley injusta» sería incongruente; otros entendían que existen leyes justas e injustas, y que estas últimas hay que desobedecerlas en el nombre de la justicia. Sin embargo, al margen de cómo se conciba la relación, la ley requiere de la justicia para saber cómo proceder oportunamente para restringir la libertadhumana, que no puede estarsupeditada a la discrecionalidad, puesto que la convivencia se volvería caótica: la libertad se tornaría en libertinaje. De igual forma, no puede resultar la normativa aplastante y excesiva porque sería invivible la estadía. Habría poco margen de maniobra; pero, sobre todo, con base al Índice de Libertad Económica, la productividad se reduciría drásticamente, y los países se verían reprimidos por sus instituciones y políticas.

A mi juicio, esta cadena de vínculos es muy significativa a la hora de acordar cómo se estructurará una sociedad y bajo cuáles normas estarán sometidos los miembros que la componen. En cuanto a cómo yo lo pondría en práctica, no sólo sería obedeciendo la ley y aplicando los principios morales que me inculcaron en el hogar, sino reforzando esos valores, estudiando otros sistemas, detectando cuáles directrices son inadecuadas para el funcionamiento de una sociedad y cuáles otras serían las más convenientes y efectivas y, por último, no obrar según la dirección de las personas, sino guiándome por lo que genuinamente se considera correcto, independientemente de si pocos o muchos también lo ejecutan de esa manera, o si la tendencia invita a tomar otro camino por el que se debe seguir.

Sobre la verdad y la imparcialidad voy a hacer una apertura a través de la siguiente pregunta: ¿qué es la verdad? Usando palabras técnicas, se refiere a la percepción de la naturaleza real de algo. La verdad nos permite conocer el contenido fidedigno de lo que estemos persiguiendo, y requiere de una concordancia entre lo que entendemos que es aquello y lo que realmente es. Así, de este modo, obtenemos la verdad, quizás no la absoluta, pero sí la más rigurosamente objetiva que esté a nuestro alcance y dentro de nuestras posibilidades. Pero para lograrlo aparece en escena la segunda pieza de la pareja: la imparcialidad. Hay una relación de necesidad entre la verdad y la imparcialidad, porque la primera no se consigue sin que se adopte la segunda. Por ejemplo: un periodista para emitir un juicio de valor sobre un hecho primero debe observarlo e identificarlo, recabar información, contrastarlo hasta volverlo certero y libre de dudas o múltiples relatos y, una vez ha sido complementada con más datos que, a lo largo de las jornadas, van agregándose al acontecimiento, puede dar a conocer su opinión. Ese dilatado proceso es la puesta en escena del principio de verificación. Y, para ello, debe el periodista mostrar una postura imparcial, porque de esa manera es que únicamente logrará acceder a la verdad. Lo subjetivo y lo relativo no permiten descubrir la realidad de los hechos por ser imprecisos. Están privados de ese rasgo.

Continuando con el ejemplo del periodismo, el mandamiento central de la profesión es el compromiso con la verdad. Por este motivo es que es contradictorio y peligroso que existan periódicos con ideologías, puesto que podrían ofrecer, con disimulo, un producto que no se ajuste la verdad de los sucesos, y engañarían a los lectores, incubándoles una predisposición a ciertos actos (declaraciones de un político sobre una cuestión pública, medidas de un Estado, opiniones de figuras eminentes y mediáticas…) que podrían ser sanos, pero que, a causa de ese sutil entrenamiento de los medios de comunicación, reaccionarían de la forma opuesta. Si un juez, en el ejercicio de sus funciones correspondientes, manifiesta abiertamente su postura política, contraerá la pérdida de credibilidad frente a los actores de los juicios que celebre y ante los ojos de los ciudadanos, y la destitución de su labor por haber violado descaradamente el principio de imparcialidad. No se trata de que no pueda tener opiniones y mostrar inclinación ante ciertos asuntos, que es algo consustancial a la raza humana, sino que, al momento de ejercer una ocupación social —sobre todo una que se disponga para con la verdad—, no actúa en representación de sí mismo como individuo de una sociedad democrática, sino como un profesional cumpliendo con su deber.


Por lo destacado anteriormente, entiendo que, para hacerlo efectivo en mi vida personal y en mi futura vida profesional, se debe discernir entre hechos y opiniones; objetivo y subjetivo; actuar con parcialidad y actuar con imparcialidad. Hay que tener un férreo dominio y una clara consciencia sobre cuándo proceder de alguna de las dos formas, y saber adecuarse tempestivamente a las exigencias de la circunstancia. Eso implica, a su vez, una comprensión del código deontológico de la profesión.


Considero que tanto la justicia como la verdad y la imparcialidad son piezas, aún en ciernes, que configuran mi perfil ético y que tomarán una gran relevancia cuando pase a la vida profesional. Asimismo, son dos figuras vitales dentro del derecho, siendo una uno de los principios rectores de la carrera, y la otra necesaria para garantizar el derecho al debido proceso. Estos dos valores los aglutino dentro de otro de los que aparecían en el listado y que complementan mi perfil ético: la profesionalidad. Se da por servido que el profesional, en razón de las actividades de su ocupación, debe mostrar un perfil construido a partir de muchas cualidades. En mi caso, asociado al derecho, la persecución de lo justo y la garantía de la verdad deben ser indispensables para cumplir con la condición de la profesionalidad. La justicia puede ser promovida por la doctrina, no sólo en los procesos judiciales, y la verdad y la imparcialidad cuando se trata de reproducir íntegramente una ley, o la compartición de conocimiento, o desempeñando el cargo de juez. Podrían añadirse otros adjetivos, como honradez, lealtad, respeto, pero decidí ceñirme exclusivamente a los que he colocado y explicado a lo largo del presente ensayo. Por último, quisiera concluir apuntando que, como mencioné en líneas previas, son adjetivos que aún se mantienen en desarrollo, aunque los tenga presentes en mi vida personal. Su rendimiento se reflejará con mayor intensidad en la inmersión a la práctica laboral, que es donde estos conceptos tienen, en esencia, su raigambre.

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