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El rostro invisible de la justicia

  • Daynifer Calcaño
  • hace 17 horas
  • 3 min de lectura

Autora: Daynifer Calcaño

Estudiante Grado en Derecho IOMG


Hablar de “perfil ético” no es adornar un texto con valores bonitos ni cumplir con una exigencia académica. Para mí, es mirarme con honestidad y preguntarme quién soy cuando nadie me observa, y quién quiero ser cuando tenga poder en las manos, presión sobre los hombros y decisiones que no admiten excusas. El perfil ético es ese código silencioso que me acompaña, que marca mis límites y orienta la forma en que trato a los demás, tanto en la vida diaria como en mi futuro ejercicio del Derecho.

 

Por eso, definirlo no es un ejercicio teórico, sino un acto íntimo de conciencia: una manera de asumir que cada decisión deja huella y que toda acción, incluso la más pequeña, habla de quiénes somos.

 

Mi perfil ético se sostiene principalmente sobre dos valores fundamentales: el respeto, que considero firmemente integrado en mi conducta diaria, y el coraje, como una cualidad que reconozco necesario desarrollar y fortalecer.

 

Este primer valor no se impone ni se exige; se practica. Vive en la forma en que hablo, en cómo escucho y en la manera consciente en que elijo no dañar, incluso cuando tengo la posibilidad de hacerlo. Es una forma silenciosa de reconocer al otro: Es escuchar sin invadir, hablar sin herir y actuar sin olvidar que cada persona carga su propia historia.

 

Para mí, es la expresión más sublime de cuidado, es actuar recordando que todos somos más que nuestras palabras o nuestros errores.

 

En la práctica del Derecho, este principio se manifiesta en el trato digno, en el uso cuidadoso de la palabra y en la conciencia de que la justicia comienza por reconocer al otro como persona. Un jurista ético comprende que detrás de cada expediente existe una vida real, con circunstancias particulares, lo que exige actuar con sensibilidad y respeto hacia el cliente, las partes contrarias, las autoridades y el orden jurídico en general.

A diferencia del respeto, el coraje es un valor que reconozco como un camino en construcción. No lo entiendo como impulsividad ni como confrontación innecesaria, sino como la fuerza interior que permite actuar con rectitud aun cuando hacerlo incomoda, expone o exige enfrentar el miedo.

 

En la vida, actuar con ética muchas veces implica atreverse: decir la verdad cuando callar resulta más fácil, sostener una posición justa cuando genera resistencia, rechazar lo incorrecto aunque tenga un costo y asumir responsabilidades sin evadirlas. Reconocer que el coraje es un valor que sigo desarrollando es, para mí, un acto de honestidad personal, pues implica aceptar que la ética no es un estado alcanzado, sino un proceso que se fortalece con cada decisión consciente.

 

La ética solo cobra sentido cuando se transforma en acciones concretas. En mi vida diaria, vivir el respeto y fortalecer el coraje implica actuar con coherencia, reconocer mis errores y aprender de ellos. Es escuchar antes de juzgar, pero también entender que hay momentos en los que el silencio deja de ser una opción y se vuelve necesario alzar la voz.

 

En mi futura vida profesional como jurista, estos valores no serán ideas abstractas, sino una guía constante. Me permitirán acercarme a cada caso con sensibilidad, firmeza y conciencia, recordándome que detrás de cada decisión hay personas reales. El respeto marcará la forma en que trato a los demás, y el coraje me sostendrá cuando defender la justicia resulte difícil. Así, el Derecho dejará de ser solo técnica y procedimiento para convertirse en un ejercicio genuino de responsabilidad moral.

 

Mi perfil ético no es algo acabado, sino una construcción constante. Se expresa en la forma en que me relaciono con los demás y en la valentía con la que asumo mis decisiones. Como futura jurista, asumo la responsabilidad de crecer en conciencia y coherencia, entendiendo que la ética no se demuestra con palabras, sino con la manera en que se actúa cada día.

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